viernes, 12 de diciembre de 2014

ACLARACIONES PARA COMPRENDER EL CUENTO



Queridos alumnos. Os he hecho una selección de los fragmentos más significativos del cuento y he incluido una breve explicación y, en algunos casos, os lanzo una reflexión. Centraos en esta selección para la actividad. Si mañana se me ocurre alguna otra cosa, os la comunicaré.

 Haced los comentarios en esta entrada para simplificar. 


(...) "Este palacio es fábrica de los dioses, pensé primeramente. Exploré los inhabitados recintos y corregí: Los dioses que lo edificaron han muerto. Noté sus peculiaridades y dije: Los dioses que lo edificaron estaban locos. Lo dije, bien lo sé, con una incomprensible reprobación, que era casi un remordimiento, con más horror intelectual que miedo sensible. A la impresión de enorme antigüedad se agregaron otras: la de lo interminable, la de lo atroz, la de los complejamente insensato. Yo había cruzado un laberinto, pero la nítida Ciudad de los Inmortales me atemorizó y repugnó. Un laberinto es una casa labrada para confundir a los hombres; su arquitectura, pródiga en simetrías, está subordinada a ese fin. En el palacio que imperfectamente exploré, la arquitectura carecía de fin."

Descripción de La Ciudad de los Inmortales : Supongo que os quedareis un poco perplejos ante este fragmento. Pone de manifiesto el sinsentido, lo irracional, el desinterés y desprecio más absoluto por lo racional (máxima cualidad del ser humano) ante la perspectiva de vivir eternamente... ¿para qué hacer, pensar o decir algo?... ya todo da igual, el vacío, el no-ser, la nada.

(...) "Todo me fue dilucidado aquel día. Los trogloditas eran los Inmortales; el riacho de aguas arenosas, el Río que buscaba el jinete. En cuanto a la ciudad cuyo nombre se había dilatado hasta el Ganges, nueve siglos haría que los Inmortales la habían asolado. Con las reliquias de su ruina erigieron, en el mismo lugar, la desatinada ciudad que yo recorrí: suerte de parodia o reverso y también templo de los dioses irracionales que manejan el mundo y de los que nada sabemos, salvo que no se parecen al hombre. Aquella fundación fue el último símbolo a que condescendieron los Inmortales; marca una etapa en que, juzgando que toda empresa es vana, determinaron vivir en el pensamiento, en la pura especulación. Erigieron la fábrica, la olvidaron y fueron a morar en las cuevas. Absortos, casi no percibían el mundo físico."

Aquí nos aclara quiénes son los inmortales y vuelve a referirse la arquitectura de la ciudad para informarnos que  la ciudad de la que le había hablado el jinete, símbolo de suprema belleza y armonía, fue destruída y construyeron la absurda para retirarse de la vida por hartazgo, por desinterés. Su actividad vital quedó reducida al pensamiento ensimismado del que sólo salían por un estímulo del mundo físico lo suficientemente fuerte como fue la lluvia.

"Ser inmortal es baladí; menos el hombre, todas las criaturas lo son, pues ignoran la muerte; lo divino, lo terrible, lo incomprensible, es saberse inmortal."

¿Qué os parece esta reflexión?... no es ser inmortal sino saber que se es, lo que nos provoca la angustia...ante la muerte pero, seguramente, ante la no muerte... ¿qué hacer toda la vida?...nos cansaríamos de vivir como nos pone de manifiesto el cuento.

(...)"Adoctrinada por un ejercicio de siglos, la república de hombres inmortales había logrado la perfección de la tolerancia y casi con desdén. Sabía que en un plazo infinito le ocurren a todo hombre todas las cosas. Por sus pasadas o futuras virtudes, todo hombre es acreedor a toda bondad, pero también a toda traición, por sus infamias del pasado o del porvenir. Así como en los juegos de azar las cifras pares y las cifras impares tienden al equilibrio, así también se anulan y se corrigen el ingenio y la estolidez, y acaso el rústico poema del Cid es el contrapeso exigido por un solo epíteto de las Églogas o por una sentencia de Heráclito. El pensamiento más fugaz obedece a un dibujo invisible y puede coronar, o inaugurar, una forma secreta. Sé de quienes obraban el mal para que en los siglos futuros resultara el bien, o hubiera resultado en los ya pretéritos. Encarados así, todos nuestros actos son justos, pero también son indiferentes. No hay méritos morales o intelectuales. Homero compuso la Odisea; postulado un plazo infinito, con infinitas circunstancias y cambios, lo imposible es no componer, siquiera una vez, la Odisea. Nadie es alguien, un solo hombre inmortal es todos los hombres."

Si os dais cuenta, este fragmento va haciendo alusión a una serie de opuestos que buscan el equilibrio formando una unidad ,(recordad a Heráclito -al que veis que el propio autor cita-: no se puede concebir frío sin calor , noche sin día). En un tiempo infinito todo se volverá a repetir y se darán ambos aspectos por lo cual dejan de tener mérito todas nuestras acciones; igualmente, la vida pierde sentido sin la muerte.


"Entre los corolarios de la doctrina de que no hay cosa que no esté compensada por otra, hay uno de muy poca importancia teórica, pero que nos indujo, a fines o a principios del siglo X, a dispersarnos por la faz de la Tierra. Cabe en estas palabras Existe un río cuyas aguas dan la inmortalidad; en alguna región habrá otro río cuyas aguas la borren. El número de ríos no es infinito; un viajero inmortal que recorra el mundo acabará, algún día, por haber bebido de todos. Nos propusimos descubrir ese río.

Nueva referencia a los opuestos incluida la nueva postura de los inmortales: frente a la quietud y la especulación ensimismada y pasiva de siglos, la acción de intentar recuperar su condición mortal.

"La muerte (o su alusión) hace preciosos y patéticos a los hombres. (...) cada acto que ejecutan puede ser el último (...). Todo, entre los mortales, tiene el valor de lo irrecuperable y de lo azaroso. Entre los Inmortales, en cambio, cada acto (y cada pensamiento) es el eco de otros que en el pasado lo antecedieron, sin principio visible, o el fiel presagio de otros que en el futuro lo repetirán hasta el vértigo."

Me parece un párrafo para la reflexión, ¿somos conscientes de que lo que hace valiosa la vida es precisamente su condición de irrepetible, de que cada momento es único?

"Cuando se acerca el fin, ya no quedan imágenes del recuerdo; sólo quedan palabras. No es extraño que el tiempo haya confundido las que alguna vez me representaron con las que fueron símbolos de la suerte de quien me acompañó tantos siglos. Yo he sido Homero; en breve, seré Nadie, como Ulises; en breve, seré todos: estaré muerto".


El inmortal es todos los hombres y, sobre todo, con los que ha compartido siglos, la mortalidad recuperada le vuelve a hacer igual al resto de hombre, por ello será todos, porque, por fin, como todos, morírá.

lunes, 17 de noviembre de 2014

BLOG DE AULA

Dirigido a alumnos de 2º Bachillerato para la asignatura de Historia de la Filosofía.

Objetivos:
- Servir de complemento a los temas que se tratan en clase a diario
- Aportar recursos que puedan aclarar ciertos conceptos más complejos
  - Tipos de Recursos:
- Audiovisuales de Youtube
- Enlaces a otros blogs de filosofía
- Ilustraciones adecuadas
- Enlaces a páginas web de interés.
- Ser vehículo de actividades, explicaciones a dudas concretas y de comunicación con el alumnado
- Textos de filosofía, concretamente los seleccionados para la PAU
- Recomendación de lecturas relacionadas con los temas en particular o con la filosofía en general.

                                   ANTIGUA GRECIA

Ilustración de la Antigua Grecia , cuna de la Filosofía Occidental

 Este Vídeo expone, de una forma directa y sencilla, los orígenes de la Filosofía y de los filósofos Presocráticos   

                           ¿QUÉ ES FILOSOFÍA? por Gustavo Bueno


             

lunes, 28 de abril de 2014

LECCIÓN SOBRE ORTEGA


Hasta el minuto 13 es la parte más relacionada con lo estudiado

 

 

EL PERSPECTIVISMO





MODELOS DE EXAMEN DE SELECTIVIDAD RESUELTO: ORTEGA Y GASSET


 IES “Séneca” Departamento de Filosofía

Texto:

 “Cada vida es un punto de vista sobre el universo. En rigor, lo que ella ve
no lo puede ver otra. Cada individuo – persona, pueblo, época – es un órgano
insustituible para la conquista de la verdad. He aquí cómo ésta, que por sí misma
es ajena a las variaciones históricas, adquiere una dimensión vital. Sin el
desarrollo, el cambio perpetuo y la inagotable aventura que constituyen la vida, el
universo, la omnímoda verdad, quedaría ignorada. El error inveterado consistía en
suponer que la realidad tenía por sí misma, e independientemente del punto de
vista que sobre ella se tomara, una fisonomía propia. Pensando así, claro está, toda
visión de ella desde un punto de vista determinado no coincidiría con ese su
aspecto absoluto y, por tanto, sería falsa.”
Ortega y Gasset; José; “La doctrina del punto de vista” en El tema de nuestro tiempo.


Cuestiones:
1ª/ Expón el contexto histórico, cultural y filosófico del texto.
(2 puntos)
2ª/ Comentario del texto (5 puntos):
2. a. Explica el significado de los términos subrayados en el texto.
(1,50 puntos)
2. b. Expón la temática planteada en el texto.
(1,50 puntos)
2. c. Justifica la temática planteada en el texto desde la posición filosófica del
autor del texto.
(2 puntos)
3ª/ Relaciona la temática expuesta en el texto con la otra posición filosófica y haz
una valoración razonada sobre su posible vigencia o actualidad.
(3 puntos)


RESPUESTAS
1ª/ Contexto histórico, cultural y filosófico del texto.


El texto que comentamos pertenece al artículo “La doctrina del punto de
vista”, que está incluido, a su vez, en la obra El tema de nuestro tiempo, escrita
por Ortega en 1923. En el citado artículo, nuestro autor plantea de forma ya más
elaborada, después de su descubrimiento anterior del carácter circunstancial de la
vida humana, su doctrina del punto de vista, también conocida con la
denominación de “perspectivismo”.
El tema de nuestro tiempo cierra la etapa que hemos denominado
“perspectivismo” y abre una nueva etapa en la evolución filosófica de Ortega: el
raciovitalismo. El objetivo último de esta obra era superar el racionalismo
antivital, y en este intento Ortega se sitúa en la vanguardia del pensamiento
europeo de la época. Si la cultura está en función de la vida, piensa Ortega, los
valores de la cultura (la ciencia, el arte, la justicia) son también los valores de la
razón. No se trata por ello de eliminar a la razón (advierte Ortega para que su
postura no se confunda con un vitalismo irracionalista), sino de negar su carácter
exclusivo y su miopía ante todo fenómeno vital.
Culturalmente, cabe enmarcar el texto en uno de los momentos más
interesantes de la España del siglo XX. Tras tomar el relevo de la “generación del
98”, marcada por un pesimismo escéptico respecto de la solución de los
problemas de España, la “generación del 14”, con la que se identifica más Ortega
por sensibilidad histórica y tono vital, pretende analizar a fondo los rasgos
problemáticos de la sociedad española y luchar por su radical modernización. Así,
junto a otros escritores, artistas e intelectuales (por ejemplo, Gómez de la Serna,
Pérez de Ayala, etc.), Ortega propugnó la necesidad de una efectiva
modernización y europeización de España, tratando de realizar una verdadera
tarea de regeneración del país.
No es de extrañar la ingente y polifacética actividad que desplegó Ortega
con tal fin: fundador y articulista habitual en diarios como El Sol y El Imparcial,
conferenciante habitual por todos los rincones del país, promotor de una escuela
de jóvenes filósofos en torno a sus clases en la Universidad de Madrid, editor y
traductor de gran parte de las novedades literarias y filosóficas de la Europa del
momento y, lo que constituirá una pasión dolorosa con el tiempo, diputado en las
Cortes Constituyentes con el advenimiento de la República. En todos esos frentes
destacó Ortega por su fluida oratoria, incansable energía y ciertas dosis de
magnetismo personal.
Así pues, la España de las décadas de los años veinte y treinta (antes del
fatal desenlace de la guerra civil) nos ofrece un curioso espectáculo: una minoría,
intelectual y artísticamente muy activa y vanguardista, frente a una gran masa de
población sumida aún en el analfabetismo, la superstición y la pobreza. O, dicho
en otros términos, una minoría urbana y en gran parte cosmopolita frente a una
mayoría de hábitat rural y costumbres rancias. Aún así, no cabe duda de que esta
eclosión cultural iba calando poco a poco en la población hasta que llegó la
tragedia de la guerra civil.
Históricamente, la vida de Ortega se sitúa en uno de los períodos más
convulsos de España. Se suceden, tras el desastre del 98, varios regímenes
políticos: la monarquía, la dictadura de Miguel Primo de Rivera, la “dictablanda”
del general Berenguer, la proclamación de la II República, el estallido de la guerra
civil, y con Ortega gran tiempo exiliado, la dictadura del general Francisco
Franco.
En Europa, tras la 1ª Guerra Mundial y sus pesimistas secuelas, hay un
giro hacia un mayor optimismo en los llamados “felices años veinte”, que, a su
vez, marcan el inicio de la prosperidad económica y hegemonía mundial de
Estados Unidos en detrimento de Europa. El advenimiento de los movimientos
fascistas en los años treinta, entre otras razones, provocará el germen de la 2ª
Guerra Mundial y, posteriormente, la bipolarización del mundo en la denominada
“guerra fría”.
Todos estos acontecimientos, y especialmente las terribles contradicciones
en las que se debatía la sociedad española del momento, fueron minando tanto el
entusiasmo renovador como la propia salud de Ortega, que tuvo que asistir a una
encarnizada crispación la vida pública española, hasta el punto de no parecer ya
ubicarse en tan polarizada situación: ni compartía las demandas sociales de la
clase obrera y el campesinado ni podía aliarse con las facciones más reaccionarias
de la derecha española. Por ello, la guerra civil y el exilio fueron su “salida
natural”, no había sitio para Ortega en la España del momento...
Filosóficamente, la obra de Ortega se sitúa en un momento en que se
analiza, desde diferentes movimientos filosóficos europeos, la función de la razón
y de la filosofía, así como la validez de un determinado modelo de ciencia: el
modelo físico-matemático. Tras la denominada “crisis de fin de siglo”, que
supuso el agotamiento del modelo de la ciencia físico-matemática como único
modelo de conocimiento, se reivindican otros métodos posibles para acceder a lo
más significativo de la vida y existencia humanas.
En la formación filosófica de Ortega, que fue amplia e incluyó diversas
estancias en las universidades alemanas de su época, podemos destacar las
siguientes influencias:
a) la tradición filosófica griega: Ortega consideraba que la filosofía griega era
el primer horizonte al que cualquier filósofo occidental debía mirar y, a su
vez, mirarse. Esta influencia es claramente apreciable en su consideración
de la verdad como aletheia (“desvelamiento”) y en su creación de
neologismos de origen grecolatino.
b) la filosofía alemana contemporánea: Ortega se formó en universidades
alemanas como las de Marburgo, Berlín y Leipzig. La admiración de
Ortega por la filosofía y cultura alemanas le hizo concebir la posibilidad
de adaptarlas al contexto de la realidad española. Además, Ortega pasó de
compartir los postulados de un grupo de filósofos neokantianos de la
Universidad de Marburgo (sus maestros Cohen y Natorp) a madurar su
propia propuesta filosófica siguiendo las directrices de las corrientes
filosóficas de su época.
c) el pensamiento y la literatura españolas: Ortega tuvo en cuenta las
propuestas de la corriente krausista, movimiento intelectual que se
proponía, básicamente, la educación como factor de cambio y progreso. A
su vez, encuentra Ortega en muchas de las obras clásicas de la literatura
española (El Quijote, por ejemplo) las claves de la peculiar idiosincrasia
de la sociedad española. Es en este sentido en el que hay que destacar
también la “interpretación filosófica” que hizo Ortega del amplio
repertorio de la sabiduría popular: refranes, expresiones o dichos, giros
lingüísticos, etc.
Pero lo más destacable en Ortega es que estuvo muy al tanto de las
corrientes de pensamiento europeas que tomaron como principal objeto de estudio
los fenómenos de la historicidad, la vida y el carácter irreductible del ser humano.
En este sentido, la fenomenología supuso el primer intento de hacer un análisis
riguroso de la existencia humana; más tarde, y tomando como referencia el
método fenomenológico, destacó el existencialismo, que se propuso relacionar
claramente los conceptos de existencia, tiempo y libertad. A su vez, el vitalismo
(del que hubo distintas versiones) puso como eje de reflexión la “vida”, entendida
en su sentido biográfico y vivencial y al que en repetidas ocasiones se asoció la
propuesta filosófica de Ortega, el cual puso especial interés en que no se le
confundiera con este movimiento. Finalmente, el historicismo de Dilthey
pretende, del mismo modo que lo hace Ortega, comprender la vida desde una
categoría fundamental: el carácter histórico y temporal de toda vida humana.
La filosofía de Ortega ha influido notablemente en el pensamiento español
del siglo XX. Es más, Ortega es el que, casi partiendo de cero, crea una tradición
filosófica en España. Especialmente notable es su influencia en el grupo de
filósofos que, en torno a sus clases de filosofía, formaron la denominada “Escuela
de Madrid”, grupo que, por las amargas consecuencias de la guerra civil, se
escindió en dos subgrupos: el de aquellos autores que optaron por el exilio (como
García Bacca, Ferrater Mora, María Zambrano, Eduardo Nicol) y el de los que
optaron por permanecer en España (como García Morente, Julián Marías y José
Luis López Aranguren, entre otros).


2ª/ Comentario del texto.


2. a. Explicación de los términos subrayados en el texto.


Punto de vista: Esta expresión adquiere en el planteamiento de Ortega un
profundo valor filosófico. Para Ortega, “perspectiva” y “punto de vista” son, en
cierta manera, sinónimos, aun cuando el término “perspectiva” sea el que utilice
con más frecuencia. En el fragmento que comentamos, la expresión “punto de
vista” es coextensiva del mismo hecho de vivir, es decir, el hecho de que “cada
vida suponga un punto de vista sobre el universo” significa que vivir es adoptar
una determinada perspectiva, condicionada en parte por las circunstancias
personales de cada vida pero sin que sea determinante y pueda anular la libertad.
Para Ortega, la realidad se muestra en una multitud de perspectivas
individuales. De hecho, cada perspectiva es, al mismo tiempo, una condición de la
realidad y una posibilidad de acceso a la verdad. Por ello, la perspectiva reúne los
planos ontológico y epistemológico de modo claro: es tanto un “fragmento” de
realidad no meramente subjetiva como una “ventana” hacia la misma realidad,
imprescindible, por ello, para poder conocerla. La realidad será, por tanto,
accesible desde cada perspectiva, desde el punto de vista que ocupa cada uno. Tan
sólo la reunión de las perspectivas efectivas y posibles de una cosa daría la
imagen verdadera de esa cosa y haría factible la posibilidad de su misma verdad.
Verdad: En el fragmento que comentamos, y en toda la filosofía de Ortega, este

término se halla estrechamente vinculado con la expresión “punto de vista” o
perspectiva. Uno de los objetivos de Ortega fue, precisamente, dotar a la verdad
de una realidad histórica y vital, hacerla concreta, humana, sin que ello supusiera
negar su carácter objetivo.
Para Ortega, además, no es posible seguir manteniendo un concepto de
verdad separado de la vida y de la perspectiva que se tiene ante la realidad. Ello
supone destacar el valor del individuo en su acceso a toda forma de realidad, al
tiempo que se niega todo concepto de verdad abstracto y alejado de la vida. No
hay una realidad puramente abstracta, que sea independiente de la vida humana y
sus circunstancias. La verdad acerca de una realidad, sea ésta la que sea, debe
tener en cuenta y partir del punto de vista que se tiene sobre ella.


2. b. Exposición de la temática planteada en el texto.


La temática expuesta en el texto es suficientemente clara: no es posible
seguir concibiendo la verdad como algo alejado de la vida y de los individuos que
la sostienen. La verdad se halla íntimamente ligada a los avatares y al dinamismo
propios de la vida (ya sea individual o colectivamente considerada): no es posible
considerar una realidad totalmente ajena e independiente de esa misma vida y, por
lo tanto, independiente de los puntos de vista o perspectivas que se tengan o
alcancen sobre ella.
El fragmento que comentamos puede analizarse según la siguiente
estructura argumentativa:
a) cada individuo (ya sea una persona, un pueblo, una época) es un medio
indispensable para poder conquistar la verdad.
b) cada vida individual es, en realidad, un “punto de vista” sobre el universo,
que no puede ser sustituido y posee una originalidad propia.
c) pensar que la realidad es independiente del punto de vista que se tenga
sobre ella es un gran error. La realidad no posee un carácter absoluto y
ajeno a las vidas que inciden sobre ella.
d) esta concepción errónea de la realidad (presente en gran parte de la
tradición filosófica) negaba cualquier valor de verdad posible a la
perspectiva individual y por ello la declaraba “falsa”.
En el planteamiento filosófico de Ortega, al contrario, la vida es en sí misma, un

determinado punto de vista. No sólo eso, el primer y gran hallazgo de
la filosofía orteguiana fue la constatación de la vida como “realidad radical”, de la
que surge cualquier proceso de reflexión, cualquier intento teórico y cualquier
pretendido sistema filosófico. Por ello, tal y como se advierte en el texto, Ortega
pretendió corregir lo que denominó “error inveterado” de la filosofía (su
concepción abstracta de la realidad y de la verdad) y sustituir la razón puramente
teórica por la “razón vital”.


2. c. Justificación de la temática planteada en el texto desde la posición filosófica del autor del texto.
Ortega reivindica un nuevo concepto de razón, y en esta tarea se une a
otros pensadores de su época, que también consideraron a la razón en relación con
la vida. Asimismo, esta nueva concepción de la razón se vincula, en el caso de
Ortega, a una particular concepción de la verdad, derivada de su concepción de la
vida. La verdad será siempre una perspectiva de las cosas y de la vida y un
descubrimiento o desvelamiento de la realidad.
Para Ortega, el término “vida” tiene un especial significado en el caso del
ser humano, pues para cada hombre o mujer la vida toma una forma determinada.
De ahí que la vida humana no sea sólo una realidad biológica, sino, sobre todo,
una realidad biográfica: se va construyendo al hilo de la propia biografía, al
compás de las perspectivas y de las circunstancias de cada cual.
La vida de cada uno es la misma existencia concreta, que se hace a sí
misma entre diferentes circunstancias. Si el hombre se orienta a su propia vida y a
cuanto ella supone, asumirá lo que es y podrá hacerse cargo de su propia
existencia. Por ello, en su propia vida, el ser humano debe mantener su propia
autenticidad y afrontar desde ahí su propio destino. En este sentido, la vida es una
realidad radical y última. Ella misma es su propio fin, no hay realidad alguna que
le sea trascendente. La vida de cada ser humano es, para él mismo, su propia
finalidad y a ella debe entregarse si quiere salvarse a sí mismo.
Resumamos, pues, algunos de los rasgos esenciales del concepto de
“vida”: realidad radical, problema y quehacer dinámicos, preocupación y atención
a sí misma, realidad que es su propio fin, programa que siempre debe cumplirse y
que se salvará de la muerte por la cultura (que no es sino la invención de nuevas
formas de vida). Todos estos rasgos deben proyectarse sobre el concepto de
verdad para poder comprender el planteamiento de Ortega. Con ello, el concepto
de verdad adquiere un nuevo sentido: queda unido al transcurso de la vida y
adquiere, por lo tanto, una “dimensión vital”.
El concepto de “razón vital” o razón fundada en la vida es básico en la
filosofía de Ortega, que, por ello, ha sido denominada “raciovitalismo”. Entre
otras implicaciones, este concepto de razón realza la importancia de la historia y
de la cultura como los escenarios característicos y propios de la vida humana. La
historia presenta, según Ortega, un modelo de racionalidad más eficaz y
comprensivo que las denominadas ciencias formales y naturales.
Asimismo, el concepto de “razón vital” se distancia tanto del vitalismo
como del idealismo racionalista, aun cuando recoja algunos rasgos de ambas
concepciones filosóficas. En relación con el vitalismo, Ortega se opone a la
concepción que éste mantiene de la vida como un proceso irracional, donde sólo
hay lugar para impulsos y deseos que no pueden justificarse racionalmente; la
vida, por el contrario, a juicio de Ortega, es un quehacer que tiene una finalidad o
sentido, que se pone determinadas metas, que tiene una racionalidad propia y que,
por ello, puede ser analizada adecuadamente. Con idénticos argumentos, se opuso
Ortega a los vitalismos que habían convertido el concepto de vida en un enfoque
místico no sujeto a racionalidad alguna. Por otro lado, Ortega coincide con el
vitalismo en su reivindicación del carácter peculiar de la vida humana frente a las
cosas físicas y, por ello, en su rechazo del estudio del ser humano desde una
perspectiva alejada de su dimensión vital.
En relación con el racionalismo, tal y como puede apreciarse en el texto,
Ortega se encuentra muy lejos de aceptar las reglas del juego de un racionalismo
radical (al estilo cartesiano, por ejemplo), que sólo considera la razón como
realidad última y que desprecia la realidad dinámica de la vida. Precisamente, el
“error inveterado” es el de la actitud racionalista, que se muestra miope o
indiferente a las perspectivas vitales en las que cabe enmarcar a la verdad, que
confunde perspectiva con un punto de vista “sospechosamente” subjetivo y que no
entra a considerar el carácter histórico de la verdad. Pero reconoce al mismo
tiempo Ortega que sólo desde la razón se puede acceder a la verdad, sobre todo en
el caso del ser humano, en el que vivir y razonar son las dos caras de la misma
moneda; y es que, parodiando la célebre frase de Descartes, “vivo, luego razono”
y “razono, luego vivo” podrían ser perfectamente los lemas indisociables del
proyecto filosófico de Ortega.


3ª/ Relación de la temática expuesta en el texto con otra posición filosófica y
valoración razonada sobre su posible vigencia o actualidad.
(** En este caso, nosotros hemos elegido relacionar a Ortega con la posición filosófica de
Descartes; pero recuerda que puedes relacionar la temática del texto con la posición filosófica de
cualquier otro autor que también haya intentando dar otra explicación al tema planteado en el
texto).


Dado que en el texto que comentamos, Ortega expone su concepción de la
realidad y la verdad en clara oposición crítica a la tradición racionalista de la
filosofía occidental, tildándola de “utópica” y “absoluta”; parece conveniente
acercarnos a la posición filosófica de Descartes al respecto, pues, como máximo
exponente del racionalismo, se encuentra en las antípodas del planteamiento de
Ortega.
En efecto, Descartes identifica la verdad con la evidencia, es decir, sólo
puede ser considerado como verdadero lo que se nos presente con total evidencia.
Y es evidente lo que es claro y distinto. Así pues, la verdad es inmune a todo tipo
de duda y tiene su modelo en las ideas claras y distintas, en la evidencia, que en el
planteamiento cartesiano, se obtiene tras la rigurosa aplicación de la duda
metódica o universal. La verdad, pues, se halla ligada, en Descartes, al problema
del método y es, además, uno de los rasgos de los argumentos racionalmente
construidos. Para Descartes, la verdad se identifica con la certeza, que supone la
seguridad hallada tras la aplicación del método. Tal vinculación entre método,
verdad (con las características ya mencionadas de la evidencia: la claridad y la
distinción) y certeza ocupa un lugar central en la tradición racionalista que
inaugura Descartes.
En el fondo, la preocupación metodológica de Descartes pone de
manifiesto que se estaba gestando un cambio de actitud básico: era necesario un
nuevo criterio de verdad, que sustituyera al de autoridad y que permitiera superar
el sistema de razonamientos apoyado en las demostraciones silogísticas. La
Escolástica había funcionado con este tipo de razonamientos, fundando el carácter
de verdad de la premisa mayor en principios generales sacados de la fe o de la
autoridad de Aristóteles y de la Iglesia. Descartes, al contrario, reclama que el
nuevo criterio de verdad esté basado sola y exclusivamente en la razón.
Los primeros pasos en esa dirección los da Descartes desde muy joven y
desde el principio tuvo como referencia el mismo método que usan los geómetras:
se apoya en axiomas, definiciones y demostraciones. Descartes mantenía que sólo
los matemáticos sabían demostrar claramente sus proposiciones y este hecho,
junto con su sospecha de que también los objetos físicos eran representables
matemáticamente, le condujo a la su concepción de la unidad del saber o de la
razón única. Así, en las Reglas para la dirección del espíritu, afirma: “todas las
diversas ciencias no son otra cosa que la sabiduría humana, la cual permanece una
e idéntica.” Esta concepción unitaria del saber proviene, a su vez, de la
concepción unitaria de la razón: la sabiduría es única porque la razón es única.
Puesto que la razón es única, interesa conocer su estructura y
funcionamiento para poder alcanzar así los conocimientos verdaderos. Una vez
rechazada la experiencia sensible como fuente de conocimiento válida por su
carácter compuesto y engañoso, Descartes distingue dos modos de auténtico
conocimiento por medio de la razón: la intuición y la deducción. De aquí concluye
Descartes que el proceso del conocimiento se basa en dos aspectos íntimamente
relacionados: el análisis, que nos permite la intuición directa de los elementos o
naturalezas simples, y la síntesis, que nos permite reconstruir paso a paso lo
complejo a partir de lo simple.
Con esta convicción elaboró Descartes las cuatro reglas de su método de
conocimiento, tal y como nos lo describe en la 2ª parte del Discurso del Método.
Este es, según Descartes, el único método de la razón única. Ha sido empleado
con éxito en las matemáticas y nada impide que sea empleado con igual fortuna en
otros ámbitos de conocimiento. Sería la “mathesis universalis”, una ciencia que,
tomando como modelo el método matemático, se aplicara universalmente a todos
los ámbitos del saber.
Una vez delimitada la cuestión del método válido de conocimiento,
Descartes lo aplicó en su proyecto de reforma filosófica. Es en este contexto en el
que cabe situar el recurso de Descartes a la “duda metódica”, puesto que la
aplicación rigurosa de la primera regla del método le obligaba a no aceptar nada
como verdadero si no presentaba los rasgos de la evidencia: a saber, la claridad y
la distinción. Tal recurso metodológico no era sino la puesta en escena de la
convicción cartesiana de que acudiendo sola y exclusivamente a un análisis de los
contenidos de nuestra razón, podemos hallar en la propia razón las verdades
fundamentales a partir de las cuales se pueden deducir el resto de todos nuestros
conocimientos.
Tras el hallazgo de una primera verdad exenta de toda posible duda:
“cogito, ergo sum; pienso, luego soy”, Descartes estableció su criterio de verdad:
todo lo que perciba con igual claridad y distinción (evidencia) será verdadero y,
por tanto, podrá afirmarlo con rotunda certeza. El resto de verdades que formarán
parte del sistema cartesiano (como la demostración de la existencia de Dios y del
mundo exterior a la propia mente o razón) se hallarán por la aplicación de tal
criterio.
En definitiva, Descartes, tomando como modelo el método matemático, no
aceptará otra verdad que aquella que pueda ser derivada de la propia razón, es
decir, mantendrá que el ámbito de la razón se corresponde con el ámbito de la
verdadera realidad. Esto le llevará a mantener que la razón posee principios o
ideas innatas, no extraídas de la experiencia y a partir de las cuales, como si de
cimientos sólidos se tratase, puede construirse el resto de los conocimientos
posibles.


Valoración:
El tema de cómo es la realidad y cómo podemos llegar a conocerla para
poder estar en la verdad, es uno de los problemas clásicos de la filosofía
occidental desde sus mismos orígenes en Grecia. Cada época, en función de sus
propias circunstancias y expectativas, ha considerado tal problema desde ópticas
diferentes. Acabamos de exponer, por ejemplo, cómo la filosofía racionalista de
Descartes, huyendo de la carga de prejuicios heredados de la Escolástica, buscó
un nuevo criterio de verdad, más acorde con la creciente importancia que la
ciencia (las matemáticas y la física, sobre todo) iba adquiriendo en detrimento de
la autoridad religiosa.
Del mismo modo, la investigación de Ortega al respecto también tenía
como objetivo actualizar el concepto de verdad según los parámetros de su
contexto socio-cultural. Y, al contrario que en el caso de Descartes, el desarrollo
de la ciencia físico-matemática no merecía para muchos autores, entre ellos
Ortega, una valoración modélica. Los entresijos de la vida humana se le
escapaban a la ciencia, que trataba la realidad humana como una cosa más entre
otras cosas. Pero el ser humano, aunque sujeto también como realidad material a
las leyes físico-químicas, posee otras dimensiones, como la de su carácter
temporal e histórico, que no eran abordadas con suficiente claridad por las
ciencias. En realidad, la época de Ortega estaba reclamando para las ciencias
humanas un estatuto de credibilidad similar al de las ciencias de la Naturaleza.
Hoy en día, y aunque persista como un pesado lastre en el campo del
conocimiento esa tópica división entre ciencias y letras, tanto ciencias naturales
como ciencias humanas son perfectamente complementarias. Por otro lado, la
insistencia orteguiana en dotar al concepto de verdad de una realidad histórica y
vital sigue siendo una sana invitación o cura de humildad contra todo tipo de
fanatismos, de visiones que se presentan como verdades únicas y eternas, inmunes
a cualquier tipo de intercambio o diálogo. Precisamente una de las implicaciones
de la doctrina perspectivística de Ortega era la de destacar el valor de la tolerancia
como medio para la búsqueda conjunta de la verdad.
Actualmente, además, como el propio Ortega ya adivinó, un relativismo
mal entendido y bastante extendido niega el valor de cualquier verdad objetiva.
De este modo, este relativismo, muchas veces frívolo e inconsecuente, se
convierte en una excusa cómoda para no pensar, cuando no en un arma arrojadiza
contra cualquier planteamiento ajeno que ponga en cuestión nuestros prejuicios y
convicciones. Doctrinas como el nacionalismo y otros ismos, complejas de por sí,
pecan de esa soberbia intelectual o de ese atrincheramiento en su propia verdad.


lunes, 31 de marzo de 2014

ORTEGA Y GASSET: "El Tema de Nuestro Tiempo"


1.- CONTEXTO HISTÓRICO, CULTURAL Y FILOSÓFICO DE El Tema de nuestro tiempo.

Desde su nacimiento hasta la publicación de El tema de nuestro tiempo, Ortega (1883-1955) vive la Restauración Borbónica, periodo que empieza y acaba del mismo modo: con golpes de Estado. La guerra de Cuba, la carlista, la de los cantones, la crisis socio-económica y la inestabilidad política acabaron con la Primera República. El general Martínez Campos proclama a Alfonso XII Rey de España y en 1876 la nueva Constitución, menos democrática que la anterior, consagra el sistema de la alternancia en el poder de los partidos Liberal y Conservador. Independientemente de la correlación de fuerzas parlamentaria, el Rey encargaba al partido de la oposición formar gobierno cuando lo consideraba oportuno; como ese partido no tenía la mayoría suficiente, convocaba elecciones !y siempre las ganaba! Entonces formaba gobierno hasta que el Rey le pedía al otro partido lo propio, y vuelta a empezar. La pieza clave de este sistema eran los caciques, que manipulaban voluntades en una población con el 70% de analfabetos. A todo ello hay que añadir la marginación de nuevas fuerzas políticas, como fueron los socialistas, anarquistas, republicanos, etc.
A principios del siglo XX, la esperanza de vida en España es de 34 años, la mitad de los niños mueren antes de los cinco años, el 70% de la población vive en el campo en condiciones míseras y dos millones y medio de ciudadanos emigraron a América.
La segunda década del siglo es especialmente crítica: la Primera Guerra Mundial (1914-1918) traumatizó a Europa y, aunque España no participó y la guerra benefició a las empresas y los terratenientes, la demanda europea encareció los productos de primera necesidad en un 40% y perjudicó a obreros y campesinos. La consecuencia fue el aumento de la conflictividad social: la UGT, con 250.000 afiliados y, sobre todo, la CNT, con 700.000, movilizan a un proletariado al que se enfrenta el “pistolerismo” de algunos patronos.
Ante esta situación, que no es privativa de España, los partidos tradicionales se muestran absolutamente ineficaces y la sociedad se polariza en torno a ideologías totalitarias. Es el miedo que trasluce Ortega en El tema de nuestro tiempo, conocedor de las consecuencias de la Revolución Rusa de 1917 y del Partido Fascista italiano al poder en 1922. En España, el golpe de Estado de Primo de Rivera cierra la etapa de la Restauración y abre un periodo de ocho años de dictadura.
Sin embargo, este periodo de crisis socio-política coincide con la llamada Edad de Plata de la cultura española: Picasso, Soroya, Gaudí, Albéniz, Ramón y Cajal, el propio Ortega...componen una riqueza sólo comparable al Siglo de Oro.
En la línea del regeneracionismo de Joaquín Costa, de la renovación pedagógica propugnada por Giner de los Ríos o de la Generación del 98, nuestro autor sostiene que, para resolver los males de España e incorporarlo a la modernidad, es necesaria una “competencia”. Inicialamente encuentra en Alemania (“España era el problema y Europa la salvación”) la fuente de esa competencia: la ciencia ajustada al neokantismo. Sin embargo, pronto abandona ese modelo ya que participa del idealismo racionalista, al que va a considerar la causa de la crisis de la modernidad. Tan sólo cuado el principio de racionalidad con el que nace la Edad Moderna sea superado por otra idea más básica -la vida-, se abrirá una nueva etapa.
Nietzsche y Husserl serán decisivos en la configuración de la propuesta orteguiana. Del primero asumirá su concepción perspectivista de la verdad y la defensa de los valores vitales, aunque evitando su irracionalismo y relativismo. De la fenomenología de Husserl recibió la preocupación por hacer que la filosofía descansara en un fundamento firme descubierto a partir de una reflexión independiente, la vida.
Heidegger y Sartre, por último, también influyen en nuestro autor. Así, la descripción orteguiana de las categorías de la vida es muy cercana al análisis heideggeriano de la existencia humana; y la afirmación orteguiana de que “el hombre no tiene naturaleza, tiene historia” es muy parecida a la sartreana de que, en el ser humano, “la existencia precede a la esencia”.

2.- LA FILOSOFÍA DE ORTEGA Y GASSET.

2.1.El circunstancialismo.

Si en todos los filósofos, las circunstancias en las que desarrolla su obra son importantes, en Ortega aún lo son más, pues es éste el único pensador plenamente consciente de esa influencia y, por eso, hace de la “circunstancia” un tema de la Filosofía.
Es célebre la frase orteguiana “Yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella no me salvo yo”, es decir, además de su yo, están las circunstancias en las que el yo está inmerso y a las que el yo tiene que conferir sentido para que ambos puedan “salvarse”. Cuando hablamos de circunstancias nos podemos referir a “circunstancias con mayúsculas” -pertenecer a la tradición cristiana occidental, por ejemplo-, pero también hemos de referirnos a “circunstancias con minúsculas” -nuestra familia, nuestra ciudad, un dolor, un libro, un cuadro...-, pues nada debe quedar fuera de la reflexión filosófica, una reflexión que puede partir de lo más nimio y cotidiano para elevarse a las alturas de los grandes temas de la Filosofía.

2.2.El perspectivismo.

A lo largo del curso hemos tenido ocasión de ver cómo algunos autores han defendido que el descubrimiento de la verdad es posible. Entre ellos, por ejemplo, Platón, Sto Tomás, Descartes...les llamaremos “racionalistas” o “idealistas”. Pero también hemos visto a otros para quienes no es posible la verdad, y sólo cabe la opinión. Entre ellos, por ejemplo, los Sofistas o Nietzsche...les llamaremos “escépticos” o “relativistas”.
Ahora bien, dado que la Filosofía debe partir de la reflexión sobre lo circunstancial y dado que es imposible que haya dos individuos que vivan exactamente las mismas circunstancias y tengan exactamente dos puntos de vista iguales, ¿no tendríamos que decir que es imposible que lleguen a estar de acuerdo acerca de lo verdadero y lo falso, del bien y del mal, de lo bello y lo feo? ¿No es esto dar la razón al escepticismo relativista?
Ortega piensa que no pues,
La verdad, lo real, el universo, la vida -como queráis llamarlo-, se quiebra en facetas innumerables, en vertientes sin cuento, cada una de las cuales da hacia un individuo. Si éste ha sabido ser fiel a su punto de vista, si ha resistido a la eterna seducción de cambiar su retina por otra imaginaria, lo que ve será un aspecto real del mundo.”
“Cambiar su retina por otra imaginaria”: ese ha sido, por otra parte, el error del racionalismo idealista, es decir, ha caído en la tentación de pensar que hay un punto de vista privilegiado desde el que es posible captar toda la realidad y descubrir la verdad. Una verdad que, por lo demás, tiene que ser invariable. Y por eso,

Habrá que suponer, más allá de las diferencias que entre los hombres existen, una especie de sujeto abstracto, común al europeo y al chino, al contemporáneo de Pericles y al caballero de Luis XIV. Descartes llamó (a ese sujeto) “la razón”.
Pero, ¿acaso estamos abocados a elegir entre estas dos posturas irreconciliables, la del racionalismo o la del escepticismo? Ortega piensa que no tiene porqué se así, y la clave nos la da en el texto citado anteriormente, pues si uno ha sabido ser fiel a su punto de vista, lo que ve será un aspecto real del mundo.
En otras palabras: en contra de los racionalistas, nuestro autor afirma que sólo captamos un aspecto de la realidad, aspecto que además no puede captar otro -y cuando decimos “realidad” no nos referimos sólo a la llamada realidad física, sino también a la realidad moral, social, económica, política, etc.- Y en contra de los relativistas escépticos, Ortega sostiene que, si somos fieles al punto de vista en que nos han puesto las circunstancias, ese aspecto de la realidad que captamos no es capricho nuestro, no es una invención, es verdadero. Y sabemos que no es capricho porque los caprichos rara vez se parecen. Y lejos de oponerse, los puntos de vista, si somos sinceros, se complementan.
Es imposible tener todas las perspectivas al mismo tiempo. Eso, dice Ortega, sólo estaría al alcance de Dios. Pero de ahí no debemos sacar la conclusión de un posible teísmo en nuestro autor. El recurso a Dios es tan sólo un constructo teórico, una hipótesis, un decir.
Y a esta doctrina, que pretende superar la dicotomía Racionalismo-Relativismo, se le conoce con el nombre de perspectivismo o doctrina del punto de vista.

El descubrimiento y la aceptación de que, además de la mía, hay un amplio abanico de perspectivas posibles que son tan válidas como la mía propia, tiene una consecuencia inevitable -y deseable- : la de aceptar que el otro tiene un valor en sí, en cuanto sujeto de perspectivas, aunque su perspectiva no coincida en ningún momento con la mía. Es decir, el valor de otra persona no radica en su acuerdo conmigo, sino, precisamente en su desacuerdo, porque su desacuerdo es síntoma de sus autonomía frente a las cosas y de sus honestidad intelectual. Y esto no vale sólo en el plano individual, sino que la tolerancia nacida del perspectivismo es también un método adecuado para comprender a las otras culturas que son distintas a la nuestra.

UNA PARADA Y UNA PRUEBA

Hagamos un experimento: vamos a mirar en nuestro derredor en la clase. Cada uno de nosotros ve al compañero que tiene delante, a los que tiene a ambos lados; si se gira, verá al que hay detrás...verá también la pizarra, la pared, las ventanas. Pero, propiamente hablando, lo que uno ve no es exactamente lo mismo que otro ve. No tendrá el mismo compañero delante, ni detrás, ni puede ver los mismos contornos de la ventana, ni las mismas sombras en la pizarra, ni el mismo perfil del profesor.
En otras palabras: cada uno tiene una perspectiva distinta de la clase, porque cada uno está situado en un punto de vista distinto.
¿Qué pensaríamos ahora si uno de nosotros se levantara y dijera: “Yo estoy viendo toda la clase y mi visión es la verdadera? Sin duda creeríamos que se ha vuelto loco, pues todos estamos convencidos de que no hay un lugar desde el que poder ver toda la clase.
No obstante, nuestro extravagante compañero podría insistir: “Tal vez no exista ese lugar privilegiado, pero yo tengo una retina privilegiada que me permite ver toda la clase desde todos los ángulos”. “Muéstranos ese órgano tan maravilloso”, le diríamos. Y como no puede hacerlo, tan sólo nos queda reafirmarnos en la creencia de que está loco.
Y sin embargo, por extraño que parezca, algo parecido les ha ocurrido a los racionalistas: han pensado que existe “una retina imaginaria”, “la Razón”, igual para todos los hombres y para todas las épocas con la que poder captar toda la realidad y descubrir la verdad.
Pero aquí no acaba la historia: otro compañero, convencido de la locura del primero, toma la palabra y dice: “Ninguno de nosotros tiene una visión completa de la clase, ninguno tiene una visión igual a la de otro. Es más, cada uno capta tonalidades distintas del mismo color, ve líneas borrosas donde otro las ve nítidas, ve luces donde otro ve sombras. No tenemos visiones iguales de la clase porque ninguna es verdadera”
De este otro compañero tendríamos que decir que es escéptico, porque del hecho de que no haya dos perspectivas iguales de un mismo objeto, ha deducido que ninguna es verdadera.
Por último tomaría la palabra un tercero: “No estoy de acuerdo con que lo que yo veo no sea una parte real de la clase. Yo no me invento lo que veo. Ciertamente estoy lejos de la pizarra y soy un poco miope, -¿qué le voy a hacer? ,esa es mi circunstancia, la que me ha tocado vivir- pero lo que os digo que veo es lo que realmente veo, soy sincero y fiel a mi experiencia. No veo toda la clase, pero ninguno de nosotros la puede ver y, aunque la viéramos hoy, la clase mañana será distinta y nosotros también. Por otra parte, tampoco estoy soñando: lo que yo veo no es descabellado ni excéntrico, lo sé porque no es muy distinto a lo que vosotros me decís que veis. Lejos de ser incompatible con vuestra visión de la clase, es complementaria”


2.3. El Raciovitalismo.
Si el perspectivismo es el intento de superación del racionalismo y del relativismo -con sus corolarios de idealismo y escepticismo-, el raciovitalismo es el intento de mediación entre el racionalismo y el vitalismo.
Para Ortega, el Racionalismo no es sólo la filosofía de la modernidad inaugurada por Descartes, sino que es una actitud que podemos resumir en las siguientes cuatro tesis:
  1. La razón es lo que define al hombre.
  2. La razón es la entidad que está por encima de las particularidades -las circunstancias- de cada sujeto. Es extrahistórica.
  3. La razón es capaz de conocer la verdad, que es eterna, única e invariable.
  4. La razón es el instrumento adecuado para el desarrollo de la filosofía, la ciencia, la moral y la política.
Por su parte, el Vitalismo se caracteriza por:
  1. La vida es la realidad básica y el objeto de estudio de la filosofía.
  2. El conocimiento es un proceso biológico como otro cualquiera (respirar, comer...)
  3. La verdad eterna, única e invariable no existe. Es tan sólo una mentira útil para la vida. Relativismo.
  4. La cultura -ciencia, arte, filosofía, moral, política...- debe someterse a las exigencias de la vida que, no lo olvidemos, cambia según las circunstancias.


OTRA PARADA: IDEAS Y CREENCIAS

Supongamos que estamos comiendo con un amigo. Mientras lo hacemos hablamos de miles de cosas: fútbol, familia, política, viajes...Entre tanto nos vamos llevando los alimentos a la boca, los masticamos, los tragamos, etc. En eso, nuestro amigo, que es endocrino, comienza a hablar de problemas cardiovasculares derivados de la ingesta abusiva de grasas. Ese comentario hace que paremos de comer y miremos a nuestro plato: vemos que lleva verduras, carne y una salsa ligera. “No es un plato con mucha grasa, y también lleva proteínas y vitaminas”, pensamos. Y seguimos comiendo y hablando.
¿Qué ha pasado? Cuando comemos lo hacemos en la creencia de que los alimentos que estamos tomando nos reportarán los nutrientes que nuestro cuerpo necesita, que serán digeridos, etc. Pero no estamos explícitamente pensando en ello. Sin embargo, si alguien siembra la duda en nosotros – como hizo nuestro amigo- nos paramos a reflexionar y llegamos a la idea -equivocada o no- de que lo que comemos nos reporta la energía necesaria, se digiere bien, etc. Es decir, lo que era una creencia se ha convertido en una idea gracias a la duda.
Cambiemos de escenario: el primer día que recibimos una clase de conducir, el profesor de la autoescuela nos dice dónde están el acelerador, el freno y el embrague del coche y con qué pie hay que pisar cada uno; también nos dice cómo hay que arrancar, cómo hay que frenar, acelerar, cambiar de marcha, etc. Entonces nosotros ya tenemos una idea de cómo se conduce. Tomamos nuestras clase, nos examinamos, aprobamos, conducimos durante años y, cuando entramos en el coche actuamos automáticamente: arrancamos, aceleramos, frenamos, incluso aparcamos -y mientras tanto vamos escuchando música o hablando por el manos libres.
¿Qué ha pasado? Nosotros, al principio, nos hicmos una idea de la conducción, pero al cabo de los años, cuando vamos conduciendo lo hacemos en la creencia de que si pisamos el acelerador el coche correrá más y si pisamos el freno, se parará; que, para cambiar de marcha hay que pisar el embrague, etc Es decir, lo que era una idea se ha convertido, para nosotros, en una creencia.

La distinción entre creencias e ideas es paralela a la distinción entre vida y razón. De hecho vivimos en las creencias y pensamos -razonamos- las ideas. Pero además, la vida es anterior a la razón en la misma medida en que las creencias son anteriones a las ideas, las cuales vienen después, cuando reflexionamos sobre aquéllas. Podríamos decir que primero vivimos y después pensamos.

Ahora puede Ortega enfrentanrse a la irreconciliable dualidad que suponen el Racionalismo y el Vitalismo.
En efecto, Descartes, creador del Racionalismo, propuso la idea de que la Razón, por sí sola , podía conocer la verdad y dar cumplida cuenta de la realidad. Esta idea tuvo que ser defendida con uñas y dientes por los filósofos de la Modernidad en contra del oscurantismo religioso, y su defensa tuvo tanto éxito que a partir del siglo XVIII ya no fue una idea, sino una creencia tan profundamente arraigada en las conciencas europeas que tuvo que ser el Vitalismo del siglo XIX el que reflexionara sobre ella, para hacerla de nuevo una idea susceptible de discusión y reforma.
Sin embargo, el Vitalismo también cometió un error: el pensar que la Razón no es el instrumento adecuado para enfrentarse a esa realidad radical que llamamos Vida.
Ante estas dos posturas, Ortega propone el Raciovitalismo, o concepción de que la razón, lejos de ser “lo que define al hombre”, es una función o instrumento de una realidad más radical, la Vida. Pero ésta no es pura irracionalidad, sino que de ella cabe hacerse una “Idea”, justamente a través de ese instrumento que llamamos Razón.
Y ¿cuál es la Idea que de la Vida se hace la Razón? En otras palabras: ¿Qué es la vida?
Responder a esta pregunta no es tarea fácil. El mismo Ortega es consciente de la dificultad del asunto y no ensaya una definición sino que propone una aproximación señalando una serie de características:

  • Vivir es “darse cuenta” Todo vivir es un vivirse, un sentirse vivir, un notarse. Este saber íntimo no es un conocimiento, es un enterarse, un percatarse. Por tener este sentimiento, esta autoexperiencia, podemos hacer nuestra vida. La locura, la enajenación mental, es precisamente perder esta capacidad, porque en esas circunstancias, nuestra vida, ya, no nos pertenece.
  • Vivir es “encontrarse en el mundo”.El mundo no es un lugar físico, es lo que nos afecta, la circunstancia, todo aquello que nos hace y deshace.
  • Vivir es “encontrarse viviendo”. En la vida nos encontramos de golpe, sin elegirlo; estamos arrojados a ella, nadie nos ha preguntado si queremos o no vivir. El encontrarnos viviendo es como si a una persona dormida, de repente, lo lanzan al escenario, el teatro, y ¿qué tenemos que hacer ahora? Y algo tenemos que hacer. “La vida, dice Ortega, en su totalidad y en cada uno de sus instantes tiene algo de pistoletazo que nos es disparado a quemarropa”
  • Vivir es “decidirse”. La vida es problemática y dramática. Estamos aquí, en medio del escenario, forzados a decidir entre varias posibilidades; condenados a ser libres. Lo que vamos decidiendo y haciendo es nuestro ser, puesto que no tenemos una naturaleza dada o una esencia que podamos seguir; nuestra existencia o historia vital nos constituye. Por este motivo, ese tener que hacer algo y no saber muy bien qué, nos llena de pesadumbre y angustia.
Vivir es “ser en el tiempo y ser tiempo”. Vivir es ir decidiendo qué vamos a hacer aquí, ahora y luego; es abrirnos al futuro, hacer proyectos. La vida se hace hacia delante, pero el tiempo de nuestra vida no es eterno. De ahí el drama, la prisa y el problema de la vida. Y también la alegría, ¿por qué no?

3.- COMPARACIÓN DE LA FILOSOFÍA DE ORTEGA Y GASSET CON LA POSICIÓN RACIONALISTA DE PLATÓN Y DESCARTES Y EL VITALISMO Y RELATIVISMO DE NIETZSCHE.
Compararemos la posición de Ortega respecto de las grandes disciplinas filosóficas con otros autores estudiados a lo largo del curso.

3.1.La realidad (ontología)

Posición racionalista de Platón y Descartes. Para Platón lo real es lo universal, inmutable y necesario; el mundo inteligible. Es, en palabras críticas de Ortega, un mundo ultravital y extrahistórico: nada material y sensible que tenga vinculación con la vida, con lo susceptible de cambio o movimiento, es real. La realidad no es perspectivista; es absoluta. Lo real son las Ideas, las mismas e idénticas para todos y todos los tiempos. En la misma línea, para Descartes la única existencia cierta es lo percibido con certeza por la razón. Por lo tanto, lo real es lo racional matematizable. Como en Platón, se trata de una realidad cierta, que es idéntica y la misma para todos los sujetos racionales que apliquen correctamente el método.
Posición vitalista y relativista de Nietzsche. No hay más realidad que la vida. Los conceptos con los que la ontología platónica ha descrito el mundo son vacíos, no recogen nada de lo real, que se caracteriza por ser devenir, cambio, movimiento... La realidad para cada hombre es su vida. Por tanto, el vitalismo conduce al relativismo. Cualquier intento por superar lo concreto y particular a través de la conceptualización supone una aniquilación de la realidad.
Posición perspectivista de Ortega. La realidad no es ni objetiva ni relativa, sino perspectivista. En palabras del autor: “la perspectiva es uno de los componentes de la realidad. Lejos de ser su deformación, es su organización”. La realidad se muestra en tantas perspectivas cuantos sujetos. Por tanto, la realidad completa nunca será conocida porque presenta tantas perspectivas cuantas vidas surgidas en la historia. Sólo un sujeto que aglutinara las infinitas perspectivas podría conocer toda la realidad (Dios), pero tal hipótesis es contradictoria, utópica, pues todo “yo” conoce desde su punto de vista, el proporcionado por su circunstancia. Cada sujeto y época sólo tiene acceso a su parte de verdad que, no obstante, forma parte de la verdad absoluta y completa. Así Ortega se distancia del relativismo.
3.2.El conocimiento (epistemología)



Posición racionalista de Platón y Descartes. Aunque llegan a la misma conclusión por distintos motivos, para ambos la verdad es eterna, única e invariable. Para Platón sólo el conocimiento de los seres inteligibles es verdadero (idealismo): para que la verdad tenga esos rasgos, tiene que ser conocimiento de seres a su vez inmutables, las Ideas, una realidad independiente del cambio y movimiento sensible. En coherencia con lo anterior, los rasgos del mundo sensible sólo permiten una opinión (conocimiento no verdadero). A la ciencia o conocimiento verdadero se llega a través de un alma racional que no tiene en cuenta lo corporal.
Para Descartes será verdadero lo que la razón, cualquier razón, pertenezca al lugar o momento histórico al que pertenezca, perciba con claridad y distinción. La razón que alcanza la claridad y distinción es, nuevamente, una razón separada y sin ningún contacto con el cuerpo: la sustancia pensante.




Posición perspectivista y raciovitalista de Ortega. La doctrina del punto de vista resume la posición gnoseológica orteguiana, opuesta tanto a la racionalista como a la vitalista o relativista. El conocimiento es siempre conocimiento desde una vida, desde unas condiciones corporales, socioculturales e históricas concretas, es decir, desde un punto de vista. La circunstancia de cada sujeto determina la parte de realidad a la que tiene acceso. Por tanto, ningún sujeto ni ninguna época histórica podrán alcanzar el conocimiento absoluto y definitivo (crítica al racionalismo), lo que no implica que la parte de verdad alcanzada sea precisamente eso, una parte de la verdad (crítica al relativismo). Desde su vida el hombre alcanza realidades objetivas, lo que no implica que sean realidades ultravitales y extrahistóricas, porque sólo son accesibles desde una vida, desde una historia.


3.3.El hombre (antropología)
Posición racionalista de Platón y Descartes. Ambos defienden un dualismo atropológico. Para Platón la verdadera identidad del hombre es su alma racional, que es inmortal y fuente del verdadero conocimiento. Para alcanzar la verdad el alma tiene que luchar contra el cuerpo y sus sentidos que la encarcelan. La vida se convierte así en un camino de separación y lucha contra lo corpóreo, de “negación” de lo vital.
Descartes propone un dualismo racionalista muy cercano: lo único indudable es la existencia del “yo pienso”, la de una sustancia que se define y justifica su existencia como pensamiento. Lo corporal es un añadido accidental y secundario.
Posición vitalista de Nietzsche. La vida humana es esencialmente inconsciente e instinto. El hombre tiene que tener la sufiente valentía para ejecutar sus instintos. El Racionalismo y el cristianismo han definido al hombre por lo que no es: razón, intelecto, pureza, contemplación de lo trascendente...
Posición raciovitalista de Ortega. Lo que define al hombre es su vivir, pero la vida misma -lo hemos visto antes- no se puede definir. El hombre no sólo no tiene naturaleza racional -en contra del Racionalismo- sino que no tiene naturaleza en absoluto. Lo que tiene es historia.
Sin embargo -en contra del vitalismo- el hombre no puede prescindir de la cultura: de querer conocer la verdad, actuar correctamente y contemplar lo bello. El hombre es un “devorador de verdades”, aunque sean parciales.